Me pongo a escribir, pero me esforzaré en no usar metáforas. Escribo en realidad por esa intención que suena últimamente en algunos entornos MOOC: ¿Sigue siendo válido el blog? Tecleo con facilidad que empiezo a verle sentido a escribir regularmente en un espacio como éste. Otra cosa distinta es cuánto me durará el entusiasmo.
Esta entrada está concebida para hablar de la gente, de las personas que hacen que este mundo de locos se ponga en marcha cada día. Estoy hablando de ti, de mis compañeros del instituto, de las camareras del bar en el que desayunamos, de mis vecinos, de mis hermanas, de los padres de mis alumnos. Hablo de los seres humanos, de sus ideas, de sus temores. De su inteligencia y de su estupidez. Hablo del mundo que conozco y del mundo que intuyo o del que me hablan. Y como hablo, dialogo contigo, desocupado lector.
Sabemos por La Celestina que todas las cosas se han hecho a la manera de lid o de contienda. La fuerza y la agria disputa han marcado líneas y territorios, han derribado ciudadelas y allanado montes, han segado la vida y la paz; pero no sabemos lo que pueden muchas personas cuando deciden ser felices. La gente no representa nada sino su propias ganas de seguir siéndolo, su voluntad de fortaleza y de salud, su libertad de vivientes. Escribir es siempre volver al primer muelle de amarre. Pero los barcos siempre se alejan, se hunden en el paralelo del mar desierto y vuelves a la página en blanco, el gran desierto de todos los exploradores. Por eso, tan bueno como escribir, es nadar en el mar de los semejantes. Fíjate en ellas. Cuando dejes abandonado tu blog y regreses a él, un día de éstos, y te juras que esta vez escribirás con regularidad, levantarás acta de lo vivido justo un año después. Míralas temblar al relente, huir de la soledad que las envuelve, subirse veloces a los coches y a las aceras. Porque ha llegado mayo, el mes en el que todo parece posible; un mes como un abrazo. Aquí estaba yo, pensando en ellas, en sus sueños, en sus planes, en la vergüenza de no ser mejores, en la dureza metálica de sus contradicciones y de sus mezquindades, en la pleamar del existir. Vistas desde arriba, ellas parecen pequeños diamantes que se agitan y desplazan como un polícromo cuadro barroco. Quiebran la ansiedad con aliento y con futuro.
Admiro especialmente a los que trabajan para hacer a las personas mejores personas, y eso incluye a todos los que trabajan y a los que se afanan en hacerlo. Gente que hace mejor a la gente. Buena gente que trabaja para gente cada vez mejor. Y todo, un mes de mayo.
Yo me entiendo.
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