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sábado, 26 de mayo de 2018

Proyecto "¡Vanguardízate!"



Imagen: Faro de Vigo

Abro con esta idea la entrada en la que difundo mi nuevo proyecto sobre La Edad de Plata, inspirado en dos trabajos de Nacho Gallardo, profesor de Lengua y Literatura del I.E.S. Chaves Nogales de Sevilla,  sobre las Generaciones del 98 y el 27, que se encuentran en su blog (indispensable para quienes amamos la docencia) Entre comillas
La Edad de Plata es concepto creado y popularizado por José Carlos Mainer en el ensayo homónimo, publicado en 1981. El propósito de Mainer era entonces establecer una continuidad ética entre el Fin de Siglo y la Generación del 27 o de la República, que permitiera eludir el "cerco" académico a unas literaturas a la vez muy personales y plurales y muy identificadas a su manera con el ideal de transformación. No es sorpresa que el resultado superara con mucho las intenciones del joven escritor y acuñara no ya una voz propia (Mainer es un referente ineludible de la literatura española de este período), sino la versatilidad del método sociológico aplicado a los estudios literarios.
Mi proyecto, dirigido a 4º de ESO, se esfuerza en las mismas metas que el de  Gallardo: recoge sobre todo su espíritu ético y reflexivo, el sentido de inmediatez, de "aplicabilidad" y de urgencia que tiene la literatura como planteamiento de los problemas del individuo y de las colectividades humanas, pero sobre todo como patrón de respuesta a esos problemas que no siempre son universales, sino que se encuentran en el terreno abonado de una época, de unas condiciones socioeconómicas o de un estado de ánimo general; porque la Edad de Plata, más que "simple Literatura", es un catálogo de acciones y no sólo de reacciones éticas y ciudadanas, y porque la Edad de Plata es capaz de presentar alternativas a los modelos de arte y de país que se dan en esas décadas que se extienden entre 1884 y 1939.
Espero que disfrutáis con este proyecto siempre en construcción tanto como lo estamos disfrutando nosotros.

martes, 8 de diciembre de 2015

Me paso la vida leyendo y escribiendo, como el cuento de nunca acabar



Fuente - Creative Commons

Recuerdo haber deseado saber leer y más tarde, saber escribir, tener las herramientas de ese saber traslúcido que lo atravesaba todo, que podía con todo. Más tarde, en tromba, los años, esos vehículos que nos usan como ruedas y nos hacen llevarlo todo a la espalda y en el corazón. En esos mismos años, en su avalancha, me he pasado leyendo y escribiendo prácticamente todos los días, atravesando la coraza de ese dragón que los antiguos llamaban Tiempo y que los simbolistas llamaban Tedio, el dragón de dientes afilados como el frío de un invierno helado y de ojos plateados como la misma derrota.
Me paso la vida leyendo y escribiendo, acaso por no saber hacer otra cosa, como el viajero que se olvidó de las maletas y se subía al primer tren que paraba en el Andén 1, si una noche de invierno, o como el hombre sin más atributo que el de mirar lo que está vivo con los ojos del lector y con las manos del escritor, ojos y manos ganados en mil batallas, en mil pulsos, en los sueños que tengo para mí y no para ningún otro.
Me paso la vida leyendo y el sueño escribiendo, mar altísimo y joven, herramienta y mano que la empuña, velocidad de ascenso, huida de los infiernos, palabras de amigo hacia la amistad, palabras compuestas, saltanovelas, asaltapoemas, guardateatros, sabiendo como sé que todo tiene un precio y el de estos peces dorados del lector y del escritor es la página o la vida, la Literatura Universal o la vida, la Literatura Española o la vida, la navegación con mentes jóvenes, escritores en ciernes, lectores que uno quisiera voraces, como ciudadanos con licencia para leer, con licencia para pensar, demasiado ocupados para penar. Me paso la vida como La Maga, leyendo hasta las caras y anotando hasta los nombres, corrigiendo, enmendando, rectificando, para que no se note que el lector que hay en mí es de verdad, que el escritor que hay en mí sale a pasear cuando sólo el blog está abierto, cuando únicamente las películas y los libros se venden caros, tan caros como una vida entera, como un sueño entero.
Me paso la vida leyendo y escribiendo y ésta es la luz y ésta es la sombra.
Sabedlo.

miércoles, 15 de abril de 2015

Comentario crítico de "Lo fatal" (Rubén Darío) (Yo quería escribir un poema)

Créditos de la imagen
El texto consultado se encuentra en la Web de la RAE. Los corchetes, por su parte, indican elementos estructuradores del comentario, que no párrafos o apartados.


En sentido estricto, éste en un “mini-ensayo” que comparto con mi alumnado: no es un “modelo” de comentario. Pero si lo lees y te gusta, puedes descargarlo pinchando este enlace.

[Adecuación o contextualización]
El poema Lo fatal pertenece a los Cantos de vida y esperanza (1905) de Rubén Darío; la obra pertenece a la etapa de madurez, en la que Darío siente ya el miedo a la decadencia física y a la muerte. En cuanto a la métrica [desarrollamos este apartado en la estructura externa], encontramos tres estrofas, las dos primeras de las cuales son sendos serventesios de alejandrinos, en tanto que la tercera tiene una estructura más peculiar, con tres alejandrinos, un eneasílabo y un heptasílabo. Esta elaboración es típica de la experimentación modernista y encontramos reminiscencias formales de la cuaderna vía (el alejandrino, estrofas de cuatro versos), el pie quebrado reformulado (dos últimos versos) y la conjugación de versos largos y versos cortos (recordemos la senda iniciada por Bécquer).


[Expresión de la tesis]
La tesis que defenderé en este comentario es: Lo fatal es un diálogo de ideas y de textos, para lo cual estableceré distintos enfoques sobre el poema de Darío.


[Primer párrafo de argumentos]
Con ciertos autores, uno no puede menos que leer como un escritor. Rubén Darío, como tantos poetas de la “Edad de Plata”, es un buen ejemplo. Darío escribe un poema muy rico en resonancias literarias y filosóficas, que parten del dolor de sentir, tanto de lo sensorial como de lo “sensitivo”. La existencia es un continuo navegar - a menudo caótico - por el flujo de experiencias de muy distinto signo que hemos convenido en llamar “vida”. Pero lo realmente llamativo es la forma cómo la voz poética (no necesariamente trasunto del emisor-poeta) hace bueno una conocido tema de René Char: la piel es lo más profundo. Tengo para mí que los modernistas, poetas evocadores y brillantes, son perfectos conocedores no sólo de aquellos “fuego artificiales” simbolistas, sino de la impresionante tradición literaria escrita en español. El poema es testimonio de ello, no ya en las referencias métricas, sino sobre todo en los tres tópicos aludidos: “Beatus ille” (el feliz será el árbol), “Memento mori” (quien recuerda que tiene que morir es la voz poética) y “tempus irreparabile fugit” (el tiempo, irreparable, pasa”). Los tres temas clásicos aparecen distorsionados por la angustia existencial y el irracionalismo imperantes en el Fin de Siglo y se ajustan al propio título del poema: “Lo fatal”, es decir, lo preestablecido. Pues estamos vivos, deberemos morir. Ésa es la regla de este juego trágico. Rubén Darío siente, en la misma piel (evocada por los términos “sensitivo” y “dolor”, que encontramos relacionados con el Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia), en esa apariencia “superficial” (¿no eran “superficiales” los modernistas?) la certidumbre de la muerte y el final frente a la incertidumbre y lo azaroso del vivir.


[Segundo párrafo de argumentos]
Un empirista es el que saca sus razonamientos de su propia experiencia; diríamos más enfáticamente, el que escarmienta en cabeza propia y hace razón de sus escarmientos. ¿Qué le faltaba por decir a Darío? ¿No sería que quiso establecer en su poema una argumentación del caos y del sinsentido de vivir? Como consecuencia, veo legítimo preguntarme: ¿Y hay que esperar a la vecindad de la vejez para sentirse atónito por la muerte? ¿Por qué no en la primera juventud? Un empirista que haya comprendido bien los ideales vitalistas del Fin de Siglo hubiera mirado hacia Epìcuro y habría aceptado el placer (el primero de los cuales es el gozo de vivir) hasta que llegara su último día. Quevedo imaginaba un amor-pasión más allá de la muerte sin escalofrío alguno.


[Párrafo de enlace]
Por consiguiente, nos encontramos con un poema en el que cristalizan algunos de los problemas típicos de ese período: la angustia por la existencia, el dolor, lo sensorial, el “Decadentismo” que combina el placer y el miedo a la muerte y, de manera genérica, un cruce múltiple de textos e ideas.


[Conclusión]
Concluyo pensado que el poema reúne una problemática heterogénea, tanto en lo literario como en lo filosófico. Lo que sí queda claro es un texto construido con tantas antítesis y con alegorías de tal intensidad (“carne”, “tumba”) no es uno más en la producción literaria del escritor. Afirmaba Darío lo que la voz poética afirmaba? ¿O sonreía a la vez que finalizaba las estrofas? Quién puede saberlo.

viernes, 3 de abril de 2015

Dos o tres cosas que sé de ella

Gustav Klimt, El beso (1907-1908)
Algunos dicen que está acabada, pero yo sigo quedando con ella para recorrer las calles de la ciudad en la que vivo. Ella me lee a mí y yo la descifro como si el mundo fuera a acabarse, porque, como nos decían de niños, ¿no será verdad que guardan el mundo de noche y lo vuelven a sacar por las mañanas? ¿Y si un día se le olvida a alguien sacar el mundo? Para otros, ella es siempre duda, abandono, entretenimiento inútil, horas perdidas en una noche indigna de memoria. Yo la quiero por lo que es y por lo que sabe y no le niego el tiempo ni las ganas. Por ella me he mantenido firme muchas veces. Sobre todo, cuando era ella la que me ayudaba a pensar. O la que me imponía un silencio sanador. Sin los silencios no hay música. Sin los vacíos no hay arquitectura.

Para que entiendas cuál es su valor en mi vida, debes saber cómo la conocí. Al principio, nos veíamos en la Biblioteca de mi Instituto, especialmente si el bibliotecario, que era mi profesor de Literatura, no me prestaba ninguna atención. Claro, si a ti no te gusta leer, ambos contemplamos la delicia de es estar vivos desde ópticas muy distintas. Pero me estoy desviando del tema. Sería a los trece años cuando la conocí. Sólo se lo he contado a unos pocos, pero ella fue mi primer amor porque me mostró la mejor imagen de mí. Todos sabemos que los que te quieren sacan de ti lo mejor, lo imposible. Te devuelven a lo factible (creo que la idea es de Samuel Beckett). Había leído otros libros, no creas que muchos, pero llegué a Marco Polo y a su viaje al fin del mundo. Yo no había salido ni de mi barrio, pero hice con el viaje  muchas veces, atravesé Eurasia por tierra, me interné en la Ruta de la Seda. Ella me dio la primera llave que abría el vivir. Esa voz legendaria volví a escucharla con Las ciudades invisibles, de Calvino. La poesía de sus manos, la teatralidad de sus acentos, su endiablada fabulación, todo fue haciéndome el que soy, cuando me siento a escribir sobre lo que fue, sobre lo que es para mí.

Luego, como ocurre muchas veces, ya en la Universidad, tuve otros empeños, otras prioridades, fui de un sitio para otro, y estuve algún tiempo sin procurarla, y su ausencia me resintió. No siempre es fácil desandar los propios pasos, y reconozco que volví cuando pensé que era tarde a sus llanuras, a sus colinas, a sus mapas, a la ternura mineral de sus palabras, a los desiertos de su desamparo. Desde hace muchos años no me he separado de ella. No la cambiaré nunca por nada. Ella es mi tierra natal y mi estandarte. Ella vigila mis sueños. Es literal y corpórea. Ella me atrae a su cobijo y yo la llamo por su único nombre verdadero: Literatura.