viernes, 3 de abril de 2015

Dos o tres cosas que sé de ella

Gustav Klimt, El beso (1907-1908)
Algunos dicen que está acabada, pero yo sigo quedando con ella para recorrer las calles de la ciudad en la que vivo. Ella me lee a mí y yo la descifro como si el mundo fuera a acabarse, porque, como nos decían de niños, ¿no será verdad que guardan el mundo de noche y lo vuelven a sacar por las mañanas? ¿Y si un día se le olvida a alguien sacar el mundo? Para otros, ella es siempre duda, abandono, entretenimiento inútil, horas perdidas en una noche indigna de memoria. Yo la quiero por lo que es y por lo que sabe y no le niego el tiempo ni las ganas. Por ella me he mantenido firme muchas veces. Sobre todo, cuando era ella la que me ayudaba a pensar. O la que me imponía un silencio sanador. Sin los silencios no hay música. Sin los vacíos no hay arquitectura.

Para que entiendas cuál es su valor en mi vida, debes saber cómo la conocí. Al principio, nos veíamos en la Biblioteca de mi Instituto, especialmente si el bibliotecario, que era mi profesor de Literatura, no me prestaba ninguna atención. Claro, si a ti no te gusta leer, ambos contemplamos la delicia de es estar vivos desde ópticas muy distintas. Pero me estoy desviando del tema. Sería a los trece años cuando la conocí. Sólo se lo he contado a unos pocos, pero ella fue mi primer amor porque me mostró la mejor imagen de mí. Todos sabemos que los que te quieren sacan de ti lo mejor, lo imposible. Te devuelven a lo factible (creo que la idea es de Samuel Beckett). Había leído otros libros, no creas que muchos, pero llegué a Marco Polo y a su viaje al fin del mundo. Yo no había salido ni de mi barrio, pero hice con el viaje  muchas veces, atravesé Eurasia por tierra, me interné en la Ruta de la Seda. Ella me dio la primera llave que abría el vivir. Esa voz legendaria volví a escucharla con Las ciudades invisibles, de Calvino. La poesía de sus manos, la teatralidad de sus acentos, su endiablada fabulación, todo fue haciéndome el que soy, cuando me siento a escribir sobre lo que fue, sobre lo que es para mí.

Luego, como ocurre muchas veces, ya en la Universidad, tuve otros empeños, otras prioridades, fui de un sitio para otro, y estuve algún tiempo sin procurarla, y su ausencia me resintió. No siempre es fácil desandar los propios pasos, y reconozco que volví cuando pensé que era tarde a sus llanuras, a sus colinas, a sus mapas, a la ternura mineral de sus palabras, a los desiertos de su desamparo. Desde hace muchos años no me he separado de ella. No la cambiaré nunca por nada. Ella es mi tierra natal y mi estandarte. Ella vigila mis sueños. Es literal y corpórea. Ella me atrae a su cobijo y yo la llamo por su único nombre verdadero: Literatura.

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