Parece imposible conmemorar el Quijote (y, en especial, la Segunda Parte del libro, de 1615), si sólo se tienen unos minutos libres. El Quijote es como una estación de autobuses que se llena continuamente de gente, una zona de paso, una frontera entre países y, más comúnmente, una confederación de seres y de estares, un universo constelado en el que brillas tú, desocupado lector, como ventana encendida en la madrugada, como ser vivo que está leyendo, construyendo y peleando por el significado.
Conmemorar es compartir la memoria y eso es lo que quiero hacer aquí, burla-burlando. No me interesan los fastos institucionales sino todas las miradas de lectores/as anónimos/as, buceadores de de la insoportable falta de sentido del vivir, que descubren precisamente que el sentido lo inventa uno, que la vida es un juego de creación y los libros, no sólo están vivos, sino que encima enseñan a vivir. El vivir es un arte.
Quiero conmemorar, no al Quijote amojamado de las estanterías, sino al que se les aparece a los audaces y a los generosos, que son las grapas de lo que de bueno hay en el mundo: al que anduvo sobre la mar.

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