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| Alessandro | Creative Commons. |
Parece una cosa muy fácil, pero es magia. Este trimestre, como todos los trimestres, quiero que mi alumnado de Secundaria aprenda a leer. La lectura se hace en compañía: leer solo, en silencio, es hacer metáfora de la soledad que nos espera de adultos (¿nos espera o nos la imponen?). La lectura se hace en una clase para compartir significados y luego "se lleva" a un portafolio digital, con tareas y un trabajo de investigación. En mi trayectoria profesional, ésta es una de las cosas que merecen la pena. Escribir ensayos, buscar información, investigar, geolocalizar, relacionar o crear. Soy un apasionado de la Lingüística, pero a un ser humano muy joven le pega mucho más la Literatura, con mayúsculas.
A lo que iba. Imagina que quieres a enseñar a leer con Lorca: entonces, ya somos Federico, el grupo, el aula 204 y el profesor de Lengua. Cada clase comienza con el comentario compartido (acompañado, plural) de un cuadro. De momento, de un cuadro que le gusta al que escribe estas líneas. En la primera sesión, el cuadro era El almuerzo en la hierba, de Édouard Manet. La mirada de la modelo desnuda como signo de interrogación. Del cuadro a la obra de teatro sólo hay un paso. El arte es una sinestesia porque la vida lo es aún más. A partir de aquí, me he puesto manos a la obra con mi ficha de investigación y he optado por Bodas de sangre. Si Lewis Carroll hubiera soñado a Alicia en los infiernos, habría planteado a las mujeres de la tragedia lorquiana de la misma forma: para empezar, anónimas, confinadas en la casa, simples productoras de lo cotidiano, seres sintientes y sufrientes que traen la vida y sufren su pérdida; que aman y se alejan de su amor. Víctimas de la piel. Es como si ellas vieran la vida a través de un cristal: una infamia. En ese sentido, la tragedia es teatro de la crueldad. Porque Lorca quería decir: Ojo, que no son muebles ni símbolos, que son personas como tú. Y tal vez el viejo mandato trágico de escarmentar en cabeza ajena. Una buena historia, cuatro personajes memorables (el Novio, la Madre, la Novia, Leonardo), una Andalucía griega que Lorca hace universal a fuerza de local (soy granadino y he vivido en muchos pueblos de esta tierra) y ya está todo a punto; o tal vez hubiera sido necesario incluir al Público, no sólo simbólico, sino a las personas reales que sufren y ven teatro: porque, si me entendéis bien, la vida es un teatro que se ve desde las dos direcciones, desde los personajes y desde los espectadores/lectores, y el propio Lorca, en otro sitio, escribe este principio soberbio:
A lo que iba. Imagina que quieres a enseñar a leer con Lorca: entonces, ya somos Federico, el grupo, el aula 204 y el profesor de Lengua. Cada clase comienza con el comentario compartido (acompañado, plural) de un cuadro. De momento, de un cuadro que le gusta al que escribe estas líneas. En la primera sesión, el cuadro era El almuerzo en la hierba, de Édouard Manet. La mirada de la modelo desnuda como signo de interrogación. Del cuadro a la obra de teatro sólo hay un paso. El arte es una sinestesia porque la vida lo es aún más. A partir de aquí, me he puesto manos a la obra con mi ficha de investigación y he optado por Bodas de sangre. Si Lewis Carroll hubiera soñado a Alicia en los infiernos, habría planteado a las mujeres de la tragedia lorquiana de la misma forma: para empezar, anónimas, confinadas en la casa, simples productoras de lo cotidiano, seres sintientes y sufrientes que traen la vida y sufren su pérdida; que aman y se alejan de su amor. Víctimas de la piel. Es como si ellas vieran la vida a través de un cristal: una infamia. En ese sentido, la tragedia es teatro de la crueldad. Porque Lorca quería decir: Ojo, que no son muebles ni símbolos, que son personas como tú. Y tal vez el viejo mandato trágico de escarmentar en cabeza ajena. Una buena historia, cuatro personajes memorables (el Novio, la Madre, la Novia, Leonardo), una Andalucía griega que Lorca hace universal a fuerza de local (soy granadino y he vivido en muchos pueblos de esta tierra) y ya está todo a punto; o tal vez hubiera sido necesario incluir al Público, no sólo simbólico, sino a las personas reales que sufren y ven teatro: porque, si me entendéis bien, la vida es un teatro que se ve desde las dos direcciones, desde los personajes y desde los espectadores/lectores, y el propio Lorca, en otro sitio, escribe este principio soberbio:
Cuarto del Director.
El Director sentado. Viste de chaqué. Decorado azul. Una gran mano impresa en la pared. Las ventanas son radiografías.
CRIADO. Señor.
DIRECTOR. ¿Qué?
CRIADO. Ahí está el público.
DIRECTOR. Que pase.
(Entran cuatro Caballos Blancos.)
Además, hasta Alicia tenía nombre: estas mujeres tienen fuerza, pero vuelven a ser anónimas, como en la Edad Media. Ya estamos leyendo sólo el título y el elenco de personajes. Luego vienen los símbolos. Caballos, cuchillos, colores. ¿A quién se le ocurre que el amarillo sea el color de la muerte? Pues a Federico. Enseñar a leer, como estáis viendo, es aprender a leernos. A leer al otro, al distinto, al diverso, al recién llegado, a los muchos que somos. La lectura es siempre un camino de vuelta, o una patera que zarpa de tu seguridad a mi calma, o de tu inseguridad a mi indiferencia. En cada momento leemos, por tanto, los dos tramos de la historia, lo que pasó cuando se representó Bodas y lo que pasa hoy. Ese salto en el tiempo siempre me ha parecido fascinante. Es como si el texto estuviera formado de capas de tiempo, de significados, de sonidos, de géneros literarios, de relaciones, y que todo eso tuviera un nombre que sólo funciona en tu cerebro, en tu vida: sentido. Ahora, limítate a ser objetivo: imagina.

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